El viajante. "Forushande" 2016, Asghar Farhadi

Tal vez deban pasar algunos años, y aún sea pronto para medir la magnitud de un director como Asghar Farhadi. Sus películas poseen una identidad muy reconocible que cuenta con el favor del público, la admiración de la crítica y el reconocimiento de los festivales. Y todo esto con apenas cuarenta y cinco años y trabajando en Irán, un país con fuertes restricciones políticas y morales. El truco es fácil, se llama talento. Farhadi no despliega el virtuosismo de otros cineastas ni sus películas buscan arreglar el mundo, pero cuenta con esa capacidad casi milagrosa de estremecer al espectador de cualquier latitud hablándole de cosas que podrían afectarle mañana mismo.
Al igual que en A propósito de Elly o de Nader y Simin, una separación, El viajante describe la ruptura de lo cotidiano a causa de una situación excepcional. Emad y Rana son un matrimonio con inquietudes culturales y proyectos en el horizonte. Después de verse forzados a cambiar de piso, son sorprendidos por un incidente que alterará sus vidas y pondrá en riesgo su relación. Como es habitual en el cine de Faradhi, se trata de un drama íntimo que reflexiona sobre las circunstancias sociales que se viven en Irán, no mediante arengas ni panfletos (las autoridades no lo permitirían), sino de manera subrepticia, ocultando su denuncia entre los fotogramas del film.
Para alcanzar este reto es necesario un guión inteligente y la seguridad de unos inversores comprometidos con el proyecto. Faradhi cuenta con capital francés y con un texto preciso como un mecanismo de relojería, tanto en la evolución dramática de los personajes, como en la escritura de los diálogos y en el planteamiento realista de los acontecimientos. Ésta es la gran virtud del autor: hacer que todo en la película esté cubierto por una gruesa capa de realidad en la que es muy fácil reconocerse, da igual la procedencia y el bagaje del espectador.
Un buen guión es importante, pero no basta. Es forzoso saber traducirlo en imágenes, algo que Faradhi resuelve mediante una puesta en escena que domina los espacios a ambos lados de la cámara: lo que entra y lo que no entra en el encuadre, el on y el off, estimulando siempre la intuición del público. Por lo tanto, El viajante acierta en el aspecto narrativo y en el técnico, pero donde la película se hace fuerte de verdad y coloca a Faradhi en la categoría de los grandes cineastas de nuestro tiempo, es en su capacidad de retratar los dilemas humanos. Una condición que no se aprende en ninguna escuela de cine ni tras muchos años de carrera. Sencillamente, es algo que se tiene o no se tiene. Y Faradhi lo tiene. Su herramienta para expresarlo son los actores, un elenco fiel de impresionantes intérpretes que el director va intercambiando a lo largo de sus películas según el perfil de los personajes. La pareja protagonista de El viajante está encarnada por Shahab Hosseini y Taraneh Alidoosti, bien arropada por sus compañeros de reparto, en un trabajo que atraviesa la pantalla y se clava en la conciencia del público.
El viajante puede ser vista de manera independiente o como un eslabón dentro de la filmografía de Faradhi, una trayectoria coherente y fiel a los principios del director. Con un discurso más accesible que Kiarostami o Panahi, Faradhi es tal vez el más occidental de los directores iraníes en su concepción del tempo narrativo y del lenguaje visual. En El viajante vuelve a demostrar la sabiduría que posee como contador de historias capaces de permanecer alojadas en la memoria. Es cine perdurable, cine necesario y cine que nos enseña más de nosotros mismos.

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