Los exiliados románticos. 2015, Jonás Trueba

En el año 2013, Jonás Trueba dio un golpe de timón a su carrera con Los ilusos, una de las películas más frescas, inspiradas y libres del reciente cine español. Si entonces evocaba los espíritus de Godard y Truffaut, en su tercer film toma a Rohmer como referente dando continuidad a su anterior trabajo. Los exiliados románticos vuelve a reinterpretar la nouvelle vague sin perder por ello su identidad, incluso aunque la mayoría del metraje transcurre en tierras francesas.
Tal y como anuncia su cartel, Los exiliados románticos es una película "dirigida sobre la marcha", que obedece a un acto creativo de improvisación. Trueba monta en una furgoneta a tres jóvenes actores y los empareja, durante el recorrido, con tres actrices de distintas nacionalidades. Sin guión, con una cámara de fotos y un presupuesto mínimo, la película atrapa lo cotidiano a través de interpretaciones naturalistas y de diálogos que parecen surgir de forma espontánea. Por supuesto, hay una base narrativa y una coherencia en el relato, puestas en imágenes con pulcritud. Porque en contra de lo cabría esperar, la película no está filmada con cámara en mano ni simula el amateurismo de otras películas que buscan la inmediatez en la imperfección. Los exiliados románticos no necesita recurrir a estos trucos, es honesta desde su propio planteamiento, convierte a los que participan en ella en co-autores e invita al espectador a reconocerse en alguno de los personajes. Y todo ello en apenas setenta minutos de duración.
Dibujada con trazo impresionista, esta peculiar road movie trata, en última instancia, sobre la amistad. De manera sencilla y directa, Trueba introduce la realidad en el film por medio de las diferentes personalidades de sus actores, Vito Sanz, Francesco Carril y Luis E. Parés, quienes se muestran transparentes frente a la cámara. Los dos primeros ya habían trabajado antes con Trueba, y es fácil adivinar que la camaradería que les une se transmite al resto del equipo. Una confianza que no se puede obtener con efectos especiales, pero sí con afectos, a los que se suma Miren Iza y la música de su banda Tulsa. La propia cantante aparece en varias escenas haciendo de sí misma y completando este juego de representaciones que podría no terminar nunca. Porque Los exiliados románticos es una película que, lejos de finalizar, se expande como la realidad una vez que acaban los títulos de crédito y se encienden las luces de la sala.

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